Akutagawa nació en Tokio el 1 de marzo de 1892. A poco de nacer, su madre se volvió loca. Su padre, Binzo Shinhara, no se hizo cargo de su cuidado, y el futuro escritor fue adoptado por su tío Michiaki Akutagawa, cuyo apellido adoptó.
Fue un niño enfermizo e hipersensible, y muy pronto un lector incansable, que sobresalió como estudiante. Desde muy joven lo cautivaron el idioma y la literatura de Inglaterra. En 1913 ingresó al Departamento de Literatura Inglesa de la Universidad Imperial de Tokio, donde se graduó en 1916 con una tesis sobre William Morris.
En 1915, “Rashomon” llamó la ateción del famoso novelista Natsume Soseki, quien le brindó desde entonces estímulo y admiración. En 1916, su prestigio se expandió aun más con la publicación de “La Nariz”, crónica de la lucha y reconciliación de un monje budista con su disparatada nariz.
En 1917 publicó su primer libro de cuentos, se casó con Fumi Tsukamoto, y comenzó a trabajar para un importante periódico. Trataba de consagrar el mayor tiempo posible a la escritura. Aunque nunca visitó Occidente, su conocimiento de la literatura occidental era profundo: le interesaron particularmente Strindberg, Nietzsche, Dostoievski, Baudelaire y Tolstoi. No menor, naturalmente, era su conocimiento de las literaturas japonesa y china.
Se puede decir que el período más activo de su vida fue en 1921, año en el que publica su quinto libro de cuentos y viaja a China, donde permanece 4 meses. Al año siguiente su salud comenzó a decaer.
En 1926, perseguido por alusinaciones visuales esporádicas y una depresión que no lo abandonaba, se trasladó temporariamente a Kegenuma, Sagami; y el 24 de julio de 1927, de vuelta en su casa de Tokio, se suicidó con somníferos. Tenía treinta y cinco años.
Su nota final, titulada “A cierto viejo amigo”, tiene un tono familiar para quienes ya han leído sus cuentos:
Probablemente nadie que intente el suicidio tiene clara conciencia de todos sus motivos. Los cuales generalmente son muy complejos. Por lo menos en mi caso está impulsado por una vaga sensación de ansiedad, una vaga sensación de ansiedad sobre mi propio futuro. […]
Nosotros los humanos, siendo animales humanos, tenemos un miedo animal a la muerte, la así llamada vitalidad no es otra cosa que fuerza animal. Yo mismo soy uno de esos animales humanos. Mi sistema parece gradualmente haberse liberado de esa fuerza animal, teniendo en cuenta el poco interés que me queda por el alimento y las mujeres. El mundo en el que estoy ahora es uno de enfermedades nerviosas, lúcido y frío. La muerte voluntaria debe darnos paz, si no felicidad.
Ahora que estoy listo, encuentro la naturaleza mas hermosa que nunca, paradójico como suene. Yo he visto, amado, entendido mas que otros, en ésto tengo cierto grado de satisfacción, a pesar de todo el dolor que hasta aquí he soportado. […]
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Fuente de la carta: mabuse.com.ar











