Las dualidades bello-feo, bien-mal, placer-dolor, son concebidas en Oriente como dos unidades que se complementan y corresponden a una misma unidad.
Cuando conocemos que lo bello es bello, también conocemos la fealdad que existe en el mundo.
Cuando conocemos que el bien es el bien, entonces conocemos el mal que existe en el mundo.
De este modo, la existencia sugiere la no-existencia.
Aquí se entiende a la no-existencia como lo opuesto a la existencia, dejar de existir. No debe confundirse con el sentido metafísico de más allá de la existencia.
Lo fácil promueve lo difícil.
Lo más corto surge de lo largo por simple comparación.
Lo alto y lo bajo se diferencian por el lugar que ocupan.
La voz y el tono se armonizan uno al otro.
“Después” sigue el recorrido de “antes”.
Por esto el hombre sabio actúa sin acción y enseña permaneciendo callado.
No se queda con la obra cumplida.
Cuando hablamos de “actuar sin acción” nos referimos a la práctica del Wei-Wu-Wei (hacer no haciendo). Se toma al silencio como superior al lenguaje hablado.
Según el pensamiento chino clásico, el universo se compone de los principios Ying y Yang. Estos son opuestos que se complementan y se alternan, configurando todo lo que existe. En este proceso de acontecimientos van generando nuevas realidades. El hombre común se apega a estos cambios y sufre constantemente porque nunca puede llegar a un punto de reposo.
Cuando nos aferramos a algo, sea una casa o un ser querido, tememos perderlo. Es este miedo el que nos dice que el objeto en cuestión no es realmente nuestro, está fuera de nosotros, es otro ser u otro cuerpo.
El hombre sabio practica el Wei-Wu-Wei, se nutre del desinterés y tiene por centro el Tao. No es posesivo, no teme perderlo. Sólo quien nada desea, todo lo tiene.
Traducción de “II - Asimilación” por Juan Fernandez Oviedo.









