La antorcha olímpica recorrerá cinco continentes y ciento treinta y cinco ciudades. En muchas encontrará rechazos, pero la mayor violencia se espera en el Tíbet y en las regiones separatistas islámicas.
Cuando hace un año el gobierno de Pekín anunció con grandes actos de propaganda que hoy, 24 , se encendería la antorcha olímpica, el peligro de un levantamiento en Tíbet era tan cierto como remoto. Con un espíritu materialista y confuciano, los dirigentes comunistas esperaban convertir el fuego de las Olimpíadas en un aviso publicitario intercontinental de la prosperidad de la nueva China.
Todas las razas, los cinco continentes y 135 ciudades recorrerá la antorcha antes de llegar –los chinos esperan que con puntualidad– a Pekín el 8 de agosto, para la inauguración. Ahora temen, más que las protestas que encontrarán en casi todos los puntos del exterior, la violencia y aun los atentados que pueden sufrir en el Tíbet budista, y las regiones musulmanas de Xinjiang y Mongolia interior: todas ellas aspiran a separarse del régimen de la República Popular China.
Muy etimológicamente, la antorcha se enciende hoy en la ciudad griega de Olimpia. No sólo a los chinos, que poco han expresado en público, preocupan las protestas protibetanas que en cada punto de la Tierra acompañarán las ceremonias más o menos flamígeras ya pautadas. La ironía ha querido que este año las autoridades del Comité Olímpico hayan asociado a la gira el eslogan “Paz en el mundo”.
Las autoridades chinas habían dejado entrever que los Juegos Olímpicos coincidirían con formas de apertura democrática. No en la organización política del Estado, pero sí en derechos humanos y de libre expresión. Estos avances nunca se registraron, y en cambio la represión en Tíbet ha causado ya cientos de muertos, heridos y detenidos.
La monumentalidad olímpica era para las autoridades chinas una muestra de poder y un intento de seducción para esconder las contradicciones. Para el resto del mundo, como para la oposición interna, es una prueba demasiado visible de la incapacidad del régimen para avanzar, y de que esa imposibilidad misma se vuelve trágica por sus faltas de flexibilidad.
Si en París, en Londres o en San Francisco (y aun en Estambul o San Petersburgo) se esperan manifestaciones antichinas, lo que más temen las autoridades comunistas son las formas de resistencia que pueden encontrar dentro de China misma.
Los chinos habían querido que la llama llegara hasta el pie del monte Everest. Lo hará, pero el temor de que añada más fuego a una región que ya arde sigue creciendo. Entre el 15 y el 30 de junio la antorcha recorrerá la región más problemática, entre los separatistas budistas y los musulmanes.
Los mismos chinos ya anunciaron con triunfalismo que habían impedido dos atentados de musulmanes del Xinjiang, que étnicamente son turcomanos uigures. Cuántos más atentados deberán apagar en cada punto, es una pregunta que hasta ahora ha tenido la única respuesta, por cierto preventiva, de la represión en el Tíbet. También preventivos son los 1.000 policías griegos que custodiarán hoy la ceremonia en Olimpia.
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Nota publicada el 24/03/08 en el diario Crítica
Imagen: Esmas










