Reflexiones Sputnik
- Señores, tienen ustedes toda la razón. El corazón de los niños es puro. No se les deben infringir castigos corporales. Los seres humanos son todos iguales. No se puede juzgar a nadie por sus notas. Hay que resolverlo todo hablando con calma. No, si no me importa.
Pero, oiga, cree que así el mundo irá mejorando poco a poco? Yo no lo creo. El mundo irá, por el contrario, cada vez peor. Y no es cierto que todos los hombres sean iguales. Jamás había oído cosa semejante. Mire, sólo en un país tan pequeño como Japón se apretujan ciento diez millones de personas. Haga que todas ellas sean iguales. Inténtelo. Será un inferno.
Es muy fácil decir palabras bonitas. Basta con cerrar los ojos, fingir no ver las cosas, ir dejando los problemas para más tarde. No levantéis la alfombra, dad a cada niño su diploma cantando una canción de despedida y, ya está!, todos felices. Un robo en una tienda es el mensaje de un niño. Y después ya veremos. Así es más cómodo.
Y quién sacará luego las castañas del fuego? Nosotros! Cree que nos gusta hacerlo? Ustedes ponen cara de estar pensando que, total, son sólo seis mil ochocientos yenes, pero pónganse en el lugar de la persona a quien roban. Aquí trabajan cien personas y a todas ellas les afecta la diferencia de uno o dos yenes en el precio de algo. Al cerrar caja, si hay una diferencia de cien yenes, tiene que quedarse hasta que cuadren los números. Sabe usted cuánto ganan las mujeres de las cajas registradoras? Por qué no les enseña eso a sus alumnos?

Ella aspiró hondo, espiró.
- Lo correcto, qué diablos significa eso? Me lo puedes explicar? A decir verdad, no sé muy bien qué es lo correcto. Lo que no es correcto sí lo sé. Pero lo correcto qué es?
A eso no pude responderle.
Sputnik, mi amor, de Haruki Murakami








