Estupor y temblores – Amélie Nothomb

En esta novela Nothomb retrata el encuentro de dos mundos, de dos modos de entender las relaciones humanas. Encuentro entre Oriente y Occidente. El título recuerda a otro, con el que no guarda relación aparente: Temor y temblor (1846), de Soren Kierkegaard. O quizás haya una relación.

En Temor y temblor Kierkegaard describe la angustia de Abraham al recibir el mandato de Dios de sacrificar a su hijo, Isaac. El tema de este libro es la angustia y la resignación y el salto existencial que implica esa resignación. No deja de ser una pregunta sobre la ética individual, sobre lo que sucede cuando esta se contrapone a ideales y mandatos superiores. Y el libro de Nothomb también toca el tema de los mandatos porque describe lo que vive una joven occidental al intentar integrarse a una empresa japonesa moderna.

La jerarquización de la sociedad japonesa, (fundada en la divinidad del emperador) puede compararse a la relación de Abraham con Dios? Lo que es seguro es que allí también hay sacrificio. Especialmente, sacrificio femenino.

“Tu obligación es sacrificarte por los demás. No obstante, no se te ocurra pensar que tu sacrifico hará felices a aquellos por quienes te sacrificas. Eso sólo les permitirá no avergonzarse de ti. No tienes ninguna posibilidad ni de ser felíz ni de hacer felíz a nadie”.

Si a Abraham le quedaba el consuelo de un mundo superior, a la narradora no le queda más que la idea del honor, algo que ella rechaza -y a lo que, además, no tiene acceso-. Esta novela es entonces también desencuentro entre la niña que fue japonesa (tal como la autora lo afirma en Metafísica de los tubos) y la adolescente que advierte que ya no lo es. Y en ese modo de advertir lo que ya no es está el Estupor. Abraham siente temor porque cree en Dios, en el Dios que le exige el sacrificio. Ella no cree en el Imperio del sol naciente ni en el seppuku.
Sólo cree en la belleza nipona femenina.

“Todas las bellezas emocionan, pero la belleza japonesa resulta todavía más desgarradora. En primer lugar porque esa tez de lis, esos ojos suaves, esa nariz de aletas inimitables, esos labios de contornos tan dibujados, esa complicada dulzura de los rasgos ya bastan para eclipsar los rostros más logrados.

En segundo lugar, porque sus modales las estilizan y las convierten en una obra de arte que va más allá de lo racional.

Y, por último -y sobre todo-, porque una belleza que ha sobrevivido a tantos corsés físicos y mentales, a tantas coacciones, abusos, absurdas prohibiciones, dogmas, asfixia, desolación, sadismo, conspiración de silencio y humillaciones, una belleza así constituye un milagro de heroísmo”.

La exaltación de la mujer, de la belleza femenina, es retomada en esta novela casi como la continuación del primer amor infantil que se desarrolla en Metafísica de los tubos. Si allí era central el amor de su niñera, aquí la admiración hacia Fubuki ocupa el centro de la escena. Y en este sentido, la novela no es una crítica a la mentalidad japonesa ni al sistema. Más bien se trata de una mirada inquieta, insaciable, arrojada al vacío de una ventana que se extrañará siempre.

Estupor y temblores, ed. Anagrama, Barcelona, 2000