Okuribito – el tabú del contacto

Okuribito (Departures, La partida), del director Yojiro Takita, ganó el Oscar este año a la mejor película extranjera. Se trata de un drama -al que no le falta sentido del humor- sobre cierto tabú bastante difundido en Japón relacionado con el contacto con los muertos. Ese sería el tema general de la película.

Un hombre posee un empleo socialmente aceptado (toca el violonchelo en una orquesta) y, de pronto, se queda sin trabajo. “Accidentalmente”, buscando empleo, va a parar a una casa funeraria en donde consigue rápidamente el salario que estaba necesitando. Su trabajo, sin embargo, se convierte en algo vergonzoso, despreciable, nauseabundo: preparar el cuerpo de las personas muertas, lo cual implica tocar, manipular, oler, ver, etc., ese cuerpo muerto, ese desecho. Ese es el primer paso que da el director, mostrar el cuerpo en términos de carne, incluso comparándolo con la carne animal que se utiliza en la alimentación. Luego hay cierto viraje, aparece la cermonia de “purificación”, de limpieza, que el protagonista aprende a realizar, allí el cuerpo muerto adquiere “dignidad”,  brillo (un brillo literal, que consiste en maquillar ese cuerpo, vestirlo, etc.)

El tema finalmente no es la muerte sino el cuerpo, por un lado, el cuerpo como desecho, residuo, pura carne, lado animal de lo humano. Por otro lado, y a eso apunta la ceremonia, el cuerpo puede incluso tener brillo, ser digno de ver, de mirar, aun sin vida. Hay ahí un costado hasta “sadeano”, la idea de la muerte como algo bello.

Pero más allá de estos detalles que pueden resultar interesantes la película es verdaderamente muy desigual, demasiado extensa (130 minutos), con actuaciones y una dirección que no se destacan demasiado. El clima es el del melodrama, transita sin dudarlo lo escatológico, muchas veces cae en lugares comunes.

Sin embargo, tiene una excelente fotografía, impecable. Y quizás hay un detalle interesante, hacia el final, la “leyenda” de la piedra como objeto de comunicación previo a la escritura. Aparece ahí el tema de la transmisión; la pregunta es qué le transmite un padre a un hijo, aun sin haberlo conocido… le transmite una sensibilidad. En general, si se abren preguntas, el director tiende a responderlas. No se dejan demasiados vacíos del lado del espectador. Hay una necesidad de ser explícito, un mostrar o querer mostrar todo lo posible. Esto puede ser, desde el punto de vista poético, una decepción. Hay ahí cierta trampa, cierta creencia, que es responsabilidad del director: la fe en el realismo. Creer que eso que ahí se muestra es real (en el sentido de la realidad objetiva) es un problema y vuelve al filme aburrido.

Quizás el realismo cede en una de las escenas del filme, cuando el protagonista frente al plato de comida que le prepara su mujer (una gallina cruda o algo semejante), siente nauseas y se apega a su cuerpo, al cuerpo de ella. Tiene necesidad de sentir su piel, siente deseos. Se produce en ese instante cierto deslizamiento a lo poético, a lo irreal, que es de lo que se trata el cine o cualquier arte visual. Se estrena a fin de año en Argentina.