Moe no suzaku, postal de la infancia.

Moe no suzaku (1997) es seguramente una de las películas más bellas de Naomí Kawase. Es una postal de la infancia. Como esa foto en blanco y negro que guardamos celosamente en una caja de recuerdos (de papel, ya gastada por el tiempo, fuera de foco, borrosa pero cargada de recuerdos vivos, de olores, de brillo, de voces). No es la foto que se mira todos los días sino aquella que verán nuestros hijos o nuestros nietos sin saber todo lo que allí se guardaba. Es la imagen que miramos sólo de vez en cuando -porque sería doloroso referirse siempre a ella-.

Al igual que nuestra fotografía preferida, el filme se abre para mostrar qué pasaba con los lazos familiares, cómo se sentían ciertos instantes y cómo fue esa imagen fotografiada. Es eso. Un viaje a través de la infancia. Un Elogio, incluso, de la infancia perdida. Y sin embargo, no es inocente.

La referencia al pasado es todo lo dura que puede serlo. Porque se trata de la reconstrucción de un recuerdo angustioso, el de una familia desmembrada. Aquí existen múltiples lecturas. En un primer momento, se impone esta idea: la película narra la historia de una familia que se va desmembrando. Primero es el padre, luego la madre, luego la abuela, luego ellos, quienes pierden algo, quienes se despiden de algo.

También podría leerse de otro modo. Y esto tiene que ver con las fotografías y la filmación que deja el padre (las deja!). Alguien se va y deja una cámara llena de recuerdos de hace un instante, que serán eternos en la memoria. Son esas otras imágenes las que abren otra lectura posible (y en esto Kawase es fiel a sí misma): la sonrisa de los vecinos, la mano de un niño pequeño, la mirada de una abuela, árboles, luz del sol de verano como un grito. Vida.

La película comienza como un día familiar. La esposa y la suegra cocinan. Los niños juegan en medio de un paisaje verde, arriba de un árbol. Se tiran agua, cantan. Cantan y ese canto se desarticula de la imagen y queda sonando. Es la felicidad infantil en su estado puro. Esas voces, al alejarse, se vuelven pasado. Así comienza del filme. Este transcurre en dos tiempos. El tiempo infantil y diez años después, cuando los primos ya son adolescentes. Cuando la sexualidad -que ya estaba en la infancia- toma cuerpo. El tratamiento de estos temas es tan sutil, delicado, silencioso. La directora no elige palabras, no narra a través de las palabras sino que elige fragmentos, pequeños movimientos, lo que Roland Barthes llama punctum de la fotografía.

El punctum de una fotografía es un detalle secundario, azaroso. Es algo apenas visible que puede llenarlo todo. Algo innombrable que puede hacer estallar la foto. Eso es lo que encuentro en las fotos del final, aquellas que deja el padre. Encuentro detalles pequeños, que surgen de la escena “como una flecha que viene a clavarse”. Pero también lo encuentro en el cine de Kawase, en general, como un modo de mirar y de narrar.

Por último, está el túnel. Cuando eran niños, el padre iba con su hija y su sobrino hasta un viejo túnel. Atravesarlo era todo un acto. Qué significa atravesar el túnel? Es el lugar al que se vuelve cuando es preciso tomar decisiones importantes. Otra vez, ese rincón de la infancia que retorna como un déja vu, hecho de recuerdos y de cosas contadas imposibles de recordar. El túnel tiene la apariencia de lo infantil porque está hecho de luz y de oscuridad. Como todo en la infancia, se ve inmenso, imposible de atravesar.

Uchina

imágenes: capturas de uchina

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