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Kitchen – Banana Yoshimoto

Creo que la cocina es el lugar del mundo que más me gusta. En la cocina, no importa de quién ni cómo sea, o en cualquier sitio donde se haga comida, no sufro.

Así comienza la novela Kitchen, de Banana Yoshimoto. Al leerla, vino a mi memoria la película “Como agua para chocolate”, salvando las distancias, pero en algo se parecen: la cocina como espacio donde el pasado se funde con el presente, como lugar de identidad y de placer, como rincón seguro, habitable, nocturno o diurno, donde los colores, la luz, los perfumes, los recuerdos no terminan nunca. Se vuelven eternos. Se impregnan en la piel y traspasan el cuerpo. La cocina es la representación extrema de lo infantil porque es por medio de la comida como primero somos amados, alojados, en el mundo.

Y para Mikage la cocina es un lugar de salvación. Es lo único que le queda del mundo familiar; quizás por eso se vuelve el mejor lugar para vivir, dormir, soñar, recordar. Además, es el lugar que le recuerda a su abuela.

Kitchen es una novela para leer en esos momento en que la vida cotidiana va demasiado rápido; cuando sentimos que nos pasamos por alto el calor de la luz diminuta que entra por una ventana. Porque la autora devuelve, se propone (y lo logra) devolver ese sentimiento sutil de felicidad-placer con uno mismo, con la identidad, con los recuerdos más gratos (esos que no tienen palabras sino que sólo son destellos de imágenes). Ahí es cuando hay que leer Kitchen.

Si tuviese que resumirla, diría: es la novela del instante. En algo, Yoshimoto también me recuerda a Naomi Kawase, la directora de cine genial de Shara. Con distintos recursos, ambas nos ubican en una escena infantil de ensueño, que nunca vamos a recordar pero cuya cercanía podemos sentir (a través de las imágenes literarias, en un caso y cinematográficas, en el otro).

“… guardo en mi corazón una emoción suave que desaparece cuando se expresa con palabras“.

Son esas sensaciones, justamente, las que quedan olvidadas cuando el presente es el único momento que cuenta. En eso, el texto es fiel al clima de la cocina: por momentos es ruidoso, aromático, caluroso, muy colorido. Pero en otros momentos reina el silencio, como estar de noche sentados en el suelo frio de la cocina mirando la luna por la ventana…

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