El silencio de Shun

I

La imagen me recuerda la película Shara, de Naomi Kawase. Ese lugar en el que dos niños juegan a aparecer y desaparecer.

En la primera escena vemos una habitación oscura, llena de máquinas. ¿A qué espacio corresponde esta habitación? ¿Se trata de una imprenta? No lo sabemos, parece el interior de un cuerpo. Las máquinas emulan el funcionamiento del cuerpo, con sus ritmos, sus regularidades, su silencio. Es un espacio inaccesible, no imaginario, descarnado. La directora nos lleva a habitar por unos minutos esa interioridad. La cámara recorre todos los rincones de esa habitación oscura, que lentamente se aclara y deja pasar la luz del sol.

De a poco escuchamos el sonido del agua, de sustancias que pueden percibirse sólo afinando el oído, dejando que el silencio se manifieste. Percibimos un ritmo muy suave casi imperceptible que va haciéndose cada vez más intenso. Son golpes, pero ¿a qué acción corresponde ese sonido? Parece un sonido metálico, un golpe constante. Hay también sonidos exteriores, provenientes del jardín. Es que el exterior se muestra allí a través del cristal de una ventana que refleja la imagen de dos niños jugando, dos niños que están en otro lugar aunque habitados por ese espacio.

Ese espacio no tiene temporalidad. Es como un vagón que perdió el rumbo y está ahí, para siempre.

Como un cuerpo vivo, vemos los bordes a través de esa ventana en la que se confunden exterior e interior.

Son dos hermanos gemelos, Kei y Shun. Juegan en el jardín, parecen estar limpiándose manchas de tinta en el cuerpo. Toda la escena posee el sentimiento de un sueño, la luminosidad de una escena onírica. El brillo de algo soñado, algo de lo que no se puede afirmar si ha ocurrido o no. Pero está allí, tiene voz. No importa si ocurrió. Se trata de una escena que va a ser una marca en el futuro. O mejor, la imagen de los dos niños jugando ya es el recuerdo de la escena. ¿Quién recuerda? ¿La directora? ¿El espectador?

Dos niños juegan el jardín, uno de ellos se levanta, llama a su hermano y comienza a correr. El hermano lo sigue. Lo que ocurre en ese instante es que todo se inunda de luz y se vuelve onírico como un deja vu. Y se escucha un ritmo. Golpecitos metálicos. Y algo se acelera en la imagen.

El juego es este: aparecer y desaparecer, meterse en las callecitas angostas de la ciudad de Nara y salir. La cámara corre tras ellos, intentando alcanzarlos. Nos lleva a correr detrás de sus espaldas, a jugar por los pasadizos de la ciudad hasta que Kei, el hermano mayor, desaparece. El juego se interrumpe abruptamente. Shun se detiene, mira hacia todos lados, no hay nada.

El silencio del viento y el vacío de palabras, invaden el rostro de Shun.

II

El silencio de Shun (que es el de Kawase) es el punctum de la escena. La directora construye sus filmes desde allí, desde el vacío. Un vacío que no es olvido sino agujero. Los límites de ficción y realidad son difusos, hay una realidad construida en la ficción.

III.

El viento es el cuerpo de los fantasmas.

Los fantasmas viven en el viento.

Se trata de una especie de mito, de mitología imaginaria construida en torno del cine y la literatura y por qué no de la vida real. Algunos espíritus despiertan con la lluvia: danzan, se desplazan, rugen, cantan, lloran y nos arrastran al otro lado, allí donde la tormenta nace.

Las tormentas despiertan no sólo a los espíritus que han amado el vacío sino también reavivan las almas de los hombres y mujeres apasionados. Por eso, cuando el día es gris o se desata una lluvia intensa, el corazón late a otro ritmo. Es la señal del pequeño tránsito imperceptible entre este mundo y otros tantos que nos habitan.

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