Los mundos de la literatura

Esta es la última nota del año 2012. Inaugura una nueva sección de Uchina que es la de las entrevistas. En este caso, se trata de una entrevista que realicé a Gregory Zambrano, profesor de la Universidad de Tokio, quien muy amablemente accedió a responder todas las preguntas. Hablamos de sus investigaciones sobre Kobo Abe, traducciones, mixturas culturales, mundos extraños. Me pareció la mejor manera de cerrar este ciclo y abrir el 2013.

“Diálogo de Gregory Zambrano con Cynthia Acuña-Matayoshi”

Diciembre de 2012

CAM: Hay una idea que utilizas en tus textos que me parece interesante. Es la idea de mixturas culturales, refiriéndote a la literatura japonesa en el período de la Restauración de Meiji, ¿podrías ampliar esa idea? ¿es posible pensar esas mixturas en el caso de la literatura japonesa del siglo XX?

GZ: Cuando comenzó la apertura de Japón, como consecuencia de la restauración Meiji en 1868, se produjo un interés súbito hacia el mundo occidental. De inmediato se buscaron puntos de contacto con diversas culturas, países y lenguas. De alguna manera se pudo articular lo que estaba en un “allá” fuera con su propia realidad, pero no sólo para calcar —como se ha dicho muchas veces— sino, diría más bien, para adecuar. Tampoco es que en un primer momento se quiso suplantar su propia tradición frente a lo nuevo, sino que se trató de asir valores que le eran ajenos. Eso generó una tensión que se mantuvo durante mucho tiempo y que, de alguna manera, existe todavía, pero albergando alguna paradoja: resiste e incorpora la occidentalización de múltiples maneras.

Antiguamente, muchos de los valores de la religión, del arte, de la poesía fueron importados desde China junto con la escritura, luego se fue transformando en lo esencial, pero la mirada hacia lo propio fue lo que generó el gran crecimiento de las artes y de lo que algunos estudiosos han llamado en un sentido más amplio la “japonesidad” o “Japaneseness”, que vendría a ser la cualidad de ser japonés. Pudiéramos decir que la cultura japonesa se desarrolló de manera intrínseca reinventando sus propios elementos, de una manera natural y profunda. Pero al entrar ya en el siglo XX comenzó ese proceso de absorción cultural tan abierto y dinámico, que la literatura inmediatamente comenzó a mostrar. Por ejemplo, en el caso específico de autores como Junichiro Tanizaki, observaron esas aperturas aceleradas con cierto recelo; incluso en alguna de sus obras presenta un abierto cuestionamiento al afán “occidentalizador”, que en su caso es visto con ironía y a veces con desdén.

Posteriormente, la crisis de valores en que devino la postguerra, significó que muchos jóvenes de entonces perdieran su sentido de pertenencia; se produjo algo parecido a una grieta marcada no sólo por la derrota política y militar de Japón, sino por el vacío que dejó la pérdida de los asideros construidos en aquel mundo interior cultivado durante su enclaustramiento. Los años de la ocupación estadounidense fueron para muchos japoneses la evidencia de que sus valores habían sido violentados. Toda una generación nacida a finales de la segunda guerra, o que vivió su adolescencia en los años de la ocupación quedó fuertemente marcada por ese hecho. Algunos escritores pertenecientes generacionalmente a esos años, como Haruki Murakami, nacido en 1949, acusan el  impacto de ese vacío, finalmente colmado por la adopción de estilos y valores impuestos por el vencedor: el individualismo, las formas del amor más liberal o liberado, el gusto por el whisky, el jazz y la moda, pero sobre todo quedó una huella en el lenguaje. Muchas palabras nuevas fueron incorporadas mediante la escritura de katakana con su particular sonoridad japonesa y otros hábitos del estilo occidental se fueron imponiendo hasta quedarse.

Estos cambios también afectaron la literatura. La reticencia de Murakami pudiera interpretarse como un deseo de distanciarse de la realidad propia, fracasada, y la necesidad de adoptar unos nuevos modos de vida que dejan ver cierta rebeldía frente a la tradición familiar, cultural y política; aunque como suele decirse en su caso, nunca fue tan japonés como cuando ha querido alejarse de su tradición. Entonces, la idea de mixtura se desprende de ese conjunto de combinaciones derivadas de descubrimientos y absorciones, de adopciones y rechazos; es una especie de asimilación vertiginosa en todos los planos —sociales, políticos, ideológicos,  culturales— que ayudó a enriquecer y, al mismo tiempo, a cuestionar los retos de aquel presente.

CAM: En relación a Kobo Abe, te has especializado en este autor. Me gustaría saber, respecto de tu camino de investigación, qué obstáculos has tenido que superar para abordarlo.

GZ: La obra de Kobo Abe es muy atractiva quizás por su carácter experimental, por salirse de los patrones que de alguna manera caracterizaron a la literatura japonesa de su tiempo, sobre todo la narrativa. Como se sabe, Abe incursionó en el mundo de las letras con un libro de poemas, sin embargo, esa experiencia de escritura no se repitió sino que encontró en la narración, en el relato, su cauce más eficaz. Ahora bien, este escritor se formó en un espacio que distaba mucho del paisaje natural que fue tan retratado por los autores japoneses. Él mismo confesó su proceso de extrañamiento frente a esos referentes espaciales, urbanos y naturales que encontraba en las obras literarias japonesas que leyó durante adolescencia transcurrida en Manchuria. En aquel territorio, entonces ocupado por Japón, él no veía montañas sino desiertos y no había nada parecido a ese Japón que le inculcaba la educación sistemática en las fronteras extra nacionales. Y eso le ocurrió también con sus primeras aficiones literarias. Él mismo relató en varias oportunidades, que trataba de divertir a sus compañeros contándoles las anécdotas de las historias que leía, pero éstas no eran de autores japoneses. En aquellos años leía a Melville, a Swift, a Carrol, y sobre todo a Poe. Kafka vendría después. Abe cuenta que cuando se le acababan esas historias leídas, comenzaba a contar otras según los patrones narrativos que ya había aprendido, y entonces contaba sus propias historias: extrañas, alucinantes, impredecibles.  Y cuando éstas terminaban notaba una ostensible disminución de la audiencia.

Como hemos sugerido, aquel patrón inclinado hacia lo anecdótico, lo tradicional,  lo profundamente japonés que se encuentra en otros autores, en Kobo Abe no existe. Entonces hay que comenzar a leerlo desde otra perspectiva, desde otras claves, y una de ellas sería la proscripción. Desde ese mundo proscrito surge lo extraño, alucinado, vacío o fantasmagórico que proponen muchos de sus relatos y novelas. Como lectores debemos construir el camino que conduzca a comprender su naturaleza experimental, irónica, humorística, tan poco convencional de sus historias. Y en ello ayuda también su metaficción, los diversos ensayos que escribió para explicar su mundos, a veces tan disonantes y escabrosos. No podría afirmar que hayan existido obstáculos como tales, tal vez sí la carencia de traducciones a muchas de sus obras fundamentales.

Ahora ha comenzado a despertarse un interés renovado por sus narraciones. Quizás el impacto que en los años sesenta del siglo pasado tuvieron en el mundo hispánico las traducciones de La mujer de la arena y El rostro ajeno, se quedaron un poco apaciguadas en los años siguientes. Tal vez un elemento que volvió a llamar la atención fue el reconocimiento público que hizo Kenzaburo Oe de su obra en declaraciones ofrecidas a la prensa cuando le otorgaron el Premio Nobel, en 1994. En esa ocasión Oe destaca que el galardón debió haber sido para Kobo Abe, quien había fallecido el año anterior y muchos habían esperado que se le otorgara ese premio.

Entonces, hace unos años, intercambiando ideas con el académico y traductor Ryukichi Terao, consideramos que era necesario leerlo de nuevo y traducirlo para reinsertarlo en su propia literatura. Esto comenzó como un reto porque los registros de los intereses literarios de Abe son vastos, y también era necesario vincularlo críticamente con la literatura contemporánea de Japón. Ahora creo que comienza a despertar una nueva forma de atención sobre su obra, no sólo porque pudiera haber cambiado eso que algunos llaman “el gusto literario”, o porque haya una nueva generación de lectores con otros referentes culturales, sociales e ideológicos, sino porque sus obras revelan las profundas crisis del individuo movidos hacia el abatimiento, la soledad, el encierro, la guerra y los totalitarismos ¿acaso esto ha perdido vigencia? Yo diría que esto ha recrudecido y Abe, tal vez sin proponérselo, proyectó su obra hacia un futuro que nos alcanza medio siglo después de que sus relatos fueron escritos. Todo esto podría verse como una justificación, así que después de un largo vacío han comenzado a aparecer en español obras como Idéntico al ser humano, Los cuentos siniestros y El hombre caja. Con la edición española de esta novela, publicada originalmente en 1973, tenemos muchas expectativas. Para el año 2013 estamos preparando otro volumen de relatos.

CAM: En tu último libro Hacer el mundo con palabras. Los universos ficcionales de Kobo Abe y Gabriel García Márquez utilizas el método comparativo. Quisiera saber cómo lo elegiste para esa investigación. ¿Crees que este método puede (quizás indirectamente) acercarnos no sólo a la literatura extranjera sino a la latinoamericana?

GZ: En ese libro intenté una lectura desde algunas claves narrativas en las que coinciden ambos escritores. Encontré que muchos elementos eran concomitantes, como los aspectos ideológicos —sobre todo en la etapa juvenil de Abe—, la cercanía generacional, el sentido experimental y la búsqueda de un lenguaje que expresara realidades inherentes al ser humano con perspectiva universalizadora. En el caso de García Márquez, se ha visto siempre el carácter mágico-realista y también violento de la historia política, no sólo colombiana sino latinoamericana. Lo interesante ha sido cómo en medio de tanto desconcierto, los personajes se despojan de la pesadez histórica y se convierten en una especie de alegoría. La potente imaginación de García Márquez juega un papel fundamental al hacer creíbles, inmediatos, naturales y palpables todos esos hechos complejos que muestra en sus relatos y novelas.

El poder de la imaginación y la estrategia discursiva que utilizan ambos autores fue lo que me permitió establecer algunas relaciones y contactos entre sus respectivas “poéticas” narrativas, lo que en este libro denomino universos ficcionales. Un hecho fortuito que me dio las primeras claves, fue conocer la conferencia que Abe había dictado en la Universidad Sophía de Tokio en 1983, a propósito de la concesión del Nobel a García Márquez. Con mi colega Ryukichi Terao, iniciamos la búsqueda de algunas de esas pistas. La mencionada conferencia había sido publicada en la revista Tsubaru ese mismo año 1983. Terao la tradujo y me correspondió presentarla para la revista Quimera, con una nota que el editor estimó como demasiado entusiasta frente a lo que parecía una mirada cándida de Abe. En sus reflexiones procuraba darle un sentido de universalidad a Cien años de soledad más por su sentido atemporal que espacial, es decir, que no era relevante el hecho de que la novela proviniera del tercer mundo, sino que en tanto obra literaria expresaba valores universales. La conferencia, que está cargada de humor,  juegos de palabras y de asociaciones temáticas, muy en la tónica del estilo “abeano”, me avivó el interés por esa lectura tan particular. Poco a poco fui encontrando el trasfondo de ese interés; por ejemplo, que Abe no leía en español, e ignoraba que la obra hubiera sido traducida al japonés. Y que fue el eminente japonólogo Donald Keene quien le sugirió su lectura. Luego tuve la fortuna de conocer al traductor de Cien años de soledad, entre otras obras del colombiano, el profesor Tadashi Tsuzumi, a quien pude entrevistar.  Después supe —a partir de las entrevistas— que varios académicos japoneses habían estado presentes en esa conferencia y la recordaban con claridad.

Así que comencé a leer los cuentos de Abe, traducidos generosamente por el profesor Terao para apoyar mis búsquedas, y encontré ciertas afinidades que pude contrastar para proponer ciertos paralelismos. Por ello en el libro se reproducen los fragmentos que motivan la puesta en contacto, tanto de los cuentos de García Márquez como los de Abe. En su caso, algunos de ellos aún inéditos en español. También es necesario destacar que fue muy útil leer los metatextos de Abe para explicar su concepto de literatura hipotética en lugar de ciencia ficción, conocer sus aficiones literarias en la etapa de formación, o comprobar su interés en narrar historias nada convencionales, en las que se dislocan los espacios y los tiempos, o donde se producen metamorfosis. Dicho sea de paso, éste es un tema especialmente interesante en algunos de sus cuentos. Entonces creo que hay un ambiente “macondiano”, en algunos cuentos de Abe, así como hay algo kafkiano, en algunas narraciones de García Márquez. La investigación me llevó más allá del hecho casual de encontrar coincidencias, puesto que en la época de escritura de los cuentos, ambos autores se ignoraban mutuamente.

Para el caso de la literatura latinoamericana, por las cercanías culturales, de lengua y tradición literaria, es quizás más evidente la relación entre algunos autores, muchas veces se procura develar relaciones para afianzar asociaciones despectivas que terminan siendo a todas luces injustas, cuando por ejemplo se le llama a una destacada novelista la García Márquez chilena, es como si llamáramos al mismo García Márquez el Faulkner tropical. En todo caso, leer de manera comparada enriquece las perspectivas, siempre y cuando las búsquedas no estén preconcebidas o prejuiciadas porque resultarían forzosas. Por cierto, en el “Congreso García Márquez”, que se realizó en Tokio en 2008, un académico japonés relató la azarosa tendencia de algunos escritores nipones a querer imitar al Nobel colombiano. En particular fue divertida la anécdota de un dramaturgo que quiso llevar Cien años de soledad al teatro, fracasando en su intento de mezclar sus planos espaciales, temporales y simbólicos para trasladar el trópico a Okinawa.

CAM: Un tema que me interesa actualmente es el tema de la interculturalidad. Pensar ciertos problemas que tienen que ver con el cruce de culturas (y la identidad) a partir de la literatura. Creo que la literatura puede ser un puente pero también un prisma a través del cual mirarnos a nosotros mismos. Quizás el creciente interés por la literatura japonesa (algo que sucede en Argentina) tiene que ver con esto, quizás sea un modo de interrogar lo extranjero propio, ¿cómo piensas la literatura en relación a este tópico de lo intercultural?

GZ: La riqueza de una literatura depende del modo como ella misma se interrogue. Y en esa acción va apelando al modo como el discurso literario se deja permear de la realidad que no es una sino múltiple: lenguajes, sensaciones, pensamientos, sentimientos. La literatura es también un saber, que está por encima de la temporalidad, la espacialidad o las ideologías. Esto incluye la visión positiva, digamos lúdica u optimista, donde el mundo se puede contener en unas pocas palabras. Más allá del disfrute, del placer que nos produce leer buenas historias, está el modo como un autor nos lleva por sus laberintos a conocer más la hondura del ser humano, su complejidad. De igual manera incorpora un sustrato oscuro, donde están dibujados los mundos disonantes: la injusticia, la violencia, la desesperanza, la muerte. Y eso puede encontrarse en la literatura de cualquier país. En el caso del creciente interés por la literatura japonesa, quizás deba verse como parte del impacto que tiene la cultura japonesa en el mundo contemporáneo, más allá incluso de la gran barrera del idioma: la música pop y los “vocaloides”, que se perciben con cierta curiosidad, la moda de los “cosplay” y las “maido café”; los videojuegos, el manga y el anime han captado la atención de tantos jóvenes que, de manera global, se acercan a Japón desde cualquier distancia gracias al potencial de los medios de comunicación y de Internet.

La literatura, con todo y lo que pueda significar como forma de distracción de una minoría, la que lee y consume obras literarias, está cargada de un interés por esos mundos tan aparentemente distantes. La mirada de los lectores sigue siendo como la de los cronistas que llegaron a Japón a finales del siglo XIX, la del extrañamiento frente a lo exótico. Por eso algunas personas quieren encontrar a Japón en las nostalgias de Haruki Murakami, las extravagancias de Banana Yoshimoto, o más hacia lo clásico, en el señorío disonante de Tanizaki y la forma tan sutil y sensual de las obras de Yasunari Kawabata. En ese mundo Kobo Abe es una isla flotante; pero las utopías fracasadas que se derrumbaron en los 90 ya las prefiguran sus relatos; muchos de sus textos son tan contemporáneos no obstante haber sido escritos en los años cincuenta.

La desolación de sus personajes es atemporal, así como las máquinas demoledoras de lo social, como el desempleo, la carestía económica, el sinsentido de la política que persigue sólo lo ideológico o el beneficio grupal minoritario y clientelar. De todas maneras, la visión intercultural nos pone frente a nuestros abismos en la medida en que nos plantea  idénticos problemas,  como la ansiedad, el inconformismo; padecemos las mismas derrotas, pero también aupamos los mismo sueños y en el fondo algo que pudiéramos llamar, no sé si con propiedad, optimismo. La literatura ayuda a ver el mundo con un poco más de esperanza; con el deseo de que éste sea menos cruel, tal vez menos injusto.

CAM: ¿Qué aporte significó en tu investigación el haber podido entrevistar a traductores japoneses de textos latinoamericanos? (Entiendo que esa decisión es un modo de pensar la literatura latinoamericana. En este sentido, creo que hay un valor agregado en tu trabajo, abordado desde una perspectiva que hasta ahora no se había realizado, me refiero al fluido intercambio que has efectuado con intelectuales y traductores japoneses sobre ambas literaturas)

GZ: Siempre me llamó la atención el modo como la literatura latinoamericana comenzó a interesar a los lectores japoneses. Un mundo tan lejano como el nuestro, con realidades bastante complicadas en lo político y lo social, con unas mediaciones históricas heterogéneas y conflictivas; todo eso era bastante exótico para los japoneses, que durante muchos años estuvieron interesados principalmente en las literatura europeas.

Cuando comencé a leer en clave comparativa la obra de Kobo Abe, empecé también a preguntar a un grupo de académicos, a los profesores de literatura y de lengua castellana, cómo habían llegado a esas literaturas tan lejanas. Y encontré muchas sorpresas. Lo que comenzó con unas simples preguntas de consulta, que me permitieran esclarecer algunas dudas y confirmar algunas pistas, se convirtió en un diálogo muy revelador sobre los modos como ellos habían llegado a la cultura de América Latina, siendo muchos de ellos estudiantes de lengua española. La mayoría confesó que en las bibliotecas que disponían casi no había obras de autores latinoamericanos. Apenas unas obras de Borges o de Jorge Icaza. Luego vi más claro el panorama cuando algunos de esos académicos que consulté, en Tokio y en otras ciudades, habían sido convocados por el profesor Tadashi Tsuzumi, a quien ya me he referido, para traducir un conjunto de obras, en un principio, de los autores relacionados directamente con el boom de la literatura latinoamericana. Yo había estado también buscando información en las bibliotecas y por una casualidad, conversando un día con el señor Víctor Ugarte Farrerons, entonces director del Instituto Cervantes de Tokio, le expliqué el trabajo que estaba llevando a cabo y él se interesó en vista de que ese conjunto de traductores habían hecho, con bastantes años de antelación, un gran aporte a la difusión de la lengua castellana en Japón, lo cual es uno de los objetivos principales de la institución que entonces él dirigía. Fue así como se preparó la edición de algunas de esas entrevistas, diez en total, en un volumen que fue patrocinado por ese Instituto y que lleva por título: El horizonte de las palabras: la literatura hispanoamericana en perspectiva japonesa. Por cierto, esta publicación se puede descargar gratuitamente en Internet.

Por supuesto que hay un conjunto importantísimo de traductores, aunque muchos de ellos se han dedicado principalmente a la traducción de obras literarias españolas. Este diálogo de alguna manera continúa porque ahora tengo contacto con nuevos traductores, algunos de generaciones jóvenes que han asumido los retos de sus maestros. Y aunque para algunos de los veteranos ha habido un descenso en el interés de los lectores sobre la literatura latinoamericana, las obras de muchos de nuestros autores mantienen ocupados a los traductores, se reimprimen antiguas traducciones y se inician nuevas colecciones, como las de autores reconocidos con el Premio Cervantes, de quienes se ha editado una buena cantidad de obras. También periódicos de gran tiraje, como el Mainichi Shinbun, dedican espacios para comentar obras latinoamericanas  traducidas. Y a ello contribuye el paso más o menos frecuente de escritores por Tokio y otras ciudades para impartir conferencias o cursos breves. Eso estimula mucho a los estudiantes, algunos desde ya se van perfilando como críticos literarios, investigadores y traductores, interesados en continuar llevando la literatura latinoamericana a espacios de intercambio académico, así se fomentarán nuevas lecturas y se abrirán otros horizontes.

 

Gregory Zambrano es poeta, ensayista, crítico literario y editor. Doctor en Literatura Hispánica por El Colegio de México. Profesor titular jubilado de la Escuela de Letras, Facultad de Humanidades y Educación de la Universidad de Los Andes, Venezuela. Actualmente es profesor de la Universidad de Tokio. Sitio web: Los mapas secretos (http://gregoryzambrano.wordpress.com)

Cynthia Acuña-Matayoshi es psicoanalista, investigadora de temas de cine y literatura japonesa de la Universidad de Buenos Aires y escritora de ficciones. Sitio Web: Uchina (www.uchina.com.ar)

Descargar esta nota en PDF

 

 

2 pensamientos sobre “Los mundos de la literatura”

Deja un comentario