Reseña Tokonoma 16

– por Jorge Pinedo

Hay varios Japón. Está aquel que figura en los mapas, al oriente del océano Pacífico; el que aparece en los manuales de Historia. También aquél otro que le brinda sus paisajes al cine. Y tantos más, pero ninguno como el Japón al que aluden los textos que desde 1994 aparecen en Tokonoma, la revista-libro editada por Amalia Sato en Buenos Aires. Entonces Japón es “un mundo, por unos ya recorrido, por otros febrilmente imaginado” a partir de las irresistibles convocatorias formuladas a un puñado de colaboradores nunca necesariamente originarios con exclusividad de la escritura.

Así es cómo artistas plásticos de la talla de Graciela Taquini (flamante Konex de platino en su métier) se zambulle en la narrativa o Alejandro Ros (también diseñador de la tapa) perjura y jura que “Semillas” es su primer y último cuento. Del mismo modo se les afloja el pulso castigado por los papers académicos a los universitarios como Greiner de San Pablo, Higa de Yokohama, Bóscaro de Venecia o Quartucci del Colegio de México. Tanto docentes, investigadores como escritores propiamente dichos (¿?) se mixturan consigo mismo en textos de rescate como el de Miguel Vittagliano, de evocación (Julio Sierra), de hipótesis (Mami Goda); de sutil, exquisita frivolidad (Felisa Pinto, Victoria Lezcano, Beatriz Serio).

Esta Tokonoma 16 surge a raíz de una selección de cien fotos tomadas por la propia Amalia Sato en Japón. Cada autor eligió una  a fin de ejercer un vouyeurismo tan experimental como experimentado. Algo no del todo parecido al azar hizo que varios optaran por la misma imagen, totalizando 22 textos sobre 27 fotos, donde hay “neo japonistes, o con tono de ciencia ficción o de un j-pop digno de transformarse en scripts de algún joven cineasta”- señala Sato-, junto a poemas (Lukin, Tosar), “experiencias personales, recuerdos amorosos, reconocimientos gozosos” (Chiappe, Cippollini, Courtis, Alganti, la propia Sato).

Letra poderosa, cuando adopta la forma del relato vibra como nunca se la conoció a Mónica Müller en “Células madre”, un momento cumbre. Así transcurre la prosa tan cuidada como delirante de Susana Szwarc, el prolijo naturalismo melancólico de Laurencich y Acuña-Matayoshi, la conmoción en Claudia Otsubo. Por su parte, el fotógrafo Guillermo Ueno toma tres fotos de las que hace una y de ésta, kanji; o el periodista Andrés Patteta Toledo fabrica una crónica ancestral capaz de mejorar la realidad de los hechos.

Como la fotografía funcionó al modo de disparador (jamás mejor conceptuado) en esta Tokonoma 16, los textos que le fueron en saga resultaron en “un agrupamiento de afinidades misteriosas” dispuestos “en diversos conjuntos caracterizados según un manojo de términos birlados al lenguaje fotográfico”: contactos, reflejos, puntos de fuga, exposiciones, umbrales. Claves, al fin y al cabo, de un inventario al que se accede una vez traspuestos los textos de esta publicación que, por nunca parecerse a si misma, no se parece a nada y eso es lo que la torna de culto.

Agradecemos a Amalia Sato por permitirnos compartir esta reseña y a Jorge Pinedo, por escribirla.

Tokonoma 16, Amalia Sato editora. Series Tokonoma, Buenos Aires, 2012, 98 pp.

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