El pequeño dios de la escritura

Creo que debe existir el dios de la escritura. Si hay un dios del viento y un dios de las montañas… si hay un dios para todas las cosas, tiene que haber un dios de la escritura.

El dios de la escritura es un dios caprichoso –tanto como un niño- no es como otros dioses. Eso explica lo tortuoso que a veces se vuelve la tarea de escribir. Eso explica que tantas cosas escritas se pierdan, se olviden o no cobren forma –creo que el pequeño dios esconde los papeles sueltos-.

A veces pienso que es un dios encarnado, que se arrastra como se arrastran los pies. Que no está en ninguna parte más que en mi extraño gusto por tirar las cosas, por borrar, por dejar caer. Como si fueran pétalos de flores, las hojas se caen, se pierden, se barren, se olvidan o se entierran. Y ya.

Y sí. Hay un dios de la escritura. Un dios corrector, corregidor, borrador.

Escribe porque borra. Borra porque escribe.

Pero no reniego del pequeño. No. No actúa sino para ver cómo eso vuelve a escribirse. Una y otra vez. Es tan sólo un juego. La necesidad de crear un agujero, un olvido. La necesidad de que se extrañen las palabas. Juega a la repetición de letras, a la aparición y desaparición de papeles. Así es como se divierten algunos pequeños dioses.

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