Kawanabe: una historia de encuentros y desencuentros

Cuando terminé el libro de Claudia Otsubo, Kawanabe, necesité escribir sobre él. Había leído algunas críticas y hacía bastante que lo buscaba, sin éxito. Recomiendo su lectura, vale la pena la búsqueda.

La trama es sencilla: una mujer viaja a Japón para conocer el pueblo de su padre. No tiene otras pretensiones. Es un libro que se plantea, desde el inicio, un objetivo puntual y es ese. No promete otras cosas. Probablemente esto hace que como lectores nos hagamos una idea del recorrido de lo que allí va a pasar. Uno anticipa. El libro relatará ese viaje. En ese sentido, tengo que decir que me sorprendió. No porque no haya tal relato, sino porque hay una serie de avatares en la narración que hacen que ese relato, que aborda el encuentro con el pueblo de su padre, se complejice. Entonces uno se encuentra con un escenario real, verosímil, en el cual la autora logra transmitir algo que es muy difícil de explicar, que tiene que ver con el inmigrante, aunque no solamente, también con los desgarros de la historia. Esto da como resultado un relato de encuentros y desencuentros

Por momentos, recordé mucho la producción de Naomi Kawase cuando leía Kawanabe. Si bien son estilos y problemáticas diferentes pero lo que está en el corazón de ambas producciones parece ser un núcleo de preguntas acerca del padre, preguntas que, en determinado momento de la historia, se empiezan a desovillar. Una de ellas es respecto del idioma. Hay una carta misteriosa que hay que leer pero no es posible hacerlo.

El idioma es parte de la identidad, como lo es la casa natal, el pueblo, y finalmente, como en Kawase, también lo son las nubes, una colina, el viento. Es decir, se trata de la búsqueda de ese rincón en el cual una hija se encuentra con lo familiar de ese padre. Un lugar común.

Caminó por las calles, preguntándose si a su padre no le hubiera gustado volver a transitarlas alguna vez. Porque él no lo había hecho. Había preferido construir su presente en otra tierra, alejándose por propia voluntad de su pasado y de su lugar.

Y ahora se encontraba aquí, buscando algo que no podía precisar, intentando saber lo que él había preferido olvidar.

Una pregunta que me interesó del libro es acerca de la transmisión. La protagonista, Susan, se pregunta por qué su padre no le enseñó el idioma. Esta pregunta parece haber estado contenida desde el inicio en la historia, hasta que aparece. En el idioma está la identidad.

Hasta ese momento no lo había sabido: no conocía esa lengua. Nunca la había aprendido y -nunca lo había reparado antes- tampoco su padre había procurado que la aprendiese. El no había hecho el intento de enseñarle y, ahora, de pie frente a la anciana, se preguntaba, por vez primera, por qué.

¿Por qué? Esa pregunta no tiene respuesta. Así ha sido en muchos casos de inmigración. Y creo que la narradora, de alguna manera, intenta responderla. Son las respuestas posibles a una pregunta imposible. Porque lo que se dejó atrás es muy doloroso. Porque a veces es necesario olvidar y, por fin, porque la identidad también se encuentra en ciertas imágenes, que son las de los recuerdos. De nuevo, pienso en Kawase filmando el cielo del pueblo de su padre y pensando si él también como ella, habrá visto esa misma imagen de los árboles tocándose con el viento.

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