En adhesión al Día de la Paz Mundial, la Agencia de Cooperación Internacional del Japón y NGO-JICA Japan Desk presentarán los días 21, 22 y 23 de Septiembre una muestra de posters y murales a propósito del bombardeo atómico a las ciudades de Hiroshima y Nagasaki en 1945, también se proyectará el documental “Hiroshima una plegaria de una madre” de la Hiroshima Peace Culture Foundation.
Hall central Carlos Gardel del Teatro San Martín. Av. Corrientes 1530
10 a 22 hs. Entrada libre.
Un poco de Historia…
El 26 de julio de 1945, el presidente norteamericano Harry Truman lanzó una proclama al pueblo japonés (Declaración de Potsdam) pidiendo la rendición incondicional del Japón, donde amenazaba con una devastadora destrucción aunque sin hacer referencia a la bomba atómica. Japón sería desposeído de sus conquistas y su soberanía quedaría reducida a las islas niponas. El país quedaba sujeto a pagar indemnizaciones, sus ejércitos serían desmantelados y tendría que soportar la ocupación aliada.
Truman, conociendo la mentalidad de los japoneses, buscaba el efecto contrario al que aparentaba públicamente. Los japoneses, humillados en su orgullo, no se rendirían.
El 29 de julio el premier japonés Suzuki rechazó la propuesta de Truman, y el 3 de agosto, Truman dio la orden de arrojar las bombas atómicas.
El 6 de agosto, a las 8:15, el bombardero B-29, “Enola Gay”, al mando del piloto Paul W. Tibblets, lanzó sobre Hiroshima a little boy, nombre en clave de la bomba de uranio. Un ruido ensordecedor marcó el instante de la explosión, seguido de un resplandor que iluminó el cielo. En minutos, una columna de humo color gris-morado con un corazón de fuego, a una temperatura aproximada de 4000º C, se convirtió en un gigantesco “hongo atómico” de poco más de un kilómetro de altura. Uno de los tripulantes de “Enola Gay” describió la visión que tuvo de ese momento, acerca del lugar que acaban de bombardear: “parecía como si la lava cubriera toda la ciudad”.
Tokio, localizado a 700 kilómetros de distancia, perdió todo contacto con Hiroshima: hubo un silencio absoluto. El alto mando japonés envió una misión de reconocimiento para informar sobre lo acontecido. Después de tres horas de vuelo, los enviados no podían creer lo que veían: de Hiroshima sólo quedaba una enorme cicatriz en la tierra, rodeada de fuego y humo.
Unas 100.000 personas murieron en el acto, los que lograron sobrevivir murieron a los veinte o treinta días como consecuencia de los rayos gamma. Generaciones de japoneses debieron soportar malformaciones en sus nacimientos por causa de la radioactividad.
El 9 de agosto otra bomba, esta vez de plutonio, caía sobre la población de Nagasaki. Los efectos fueron menos devastadores por la topografía del terreno pero 73.000 personas perdieron la vida y 60.000 resultaron heridas.
Así y todo el ministro de guerra japonés Korechika Anami comunicó que Japón seguiría peleando hasta perder a su último hombre.
Los oficiales del Ejército y la Armada se enfrentaban al pesimismo del emperador Hirohito que se mostraba dispuesto a firmar la rendición incondicional. Un intento de golpe de estado causó la muerte de soldados leales al emperador y de algunos oficiales rebeldes. Los japoneses seguían debatiéndose entre pelear y rendirse sin amedrentarse ante el peligro de una tercera bomba. Numerosos oficiales incluyendo al propio Anami se suicidaron por medio del harakiri (ritual milenario) antes de rendirse al enemigo. La misma actitud siguieron muchos soldados y civiles en el campo de batalla que se mataban entre ellos frente a los captores que no podían dar crédito a semejante fanatismo.
El 15 de agosto, casi una semana después de Nagasaki, el emperador, sin pronunciar la palabra “rendición”, dijo que la guerra había terminado.
Contra la creencia de muchos, Japón decidió rendirse no tanto por el efecto de las bombas atómicas sino por el ataque artero de la Unión Soviética desde Manchuria el día 8 de agosto de 1945. Cuando un millón y medio de rusos con sus fuerzas blindadas se lanzaron en el interior de Manchuria, los japoneses comprendieron que era inútil seguir resistiendo. Este hecho desmiente el típico cinismo de los historiadores occidentales que aún hoy sostienen que las bombas atómicas fueron necesarias para acortar la guerra y, por ende, para “ahorrar” la vida de miles de soldados que los aliados habrían perdido en su intento por invadir el Japón. Aún si esto fuera cierto, nada justifica haberle provocado la muerte instantánea a por lo menos 180.000 civiles inocentes que no eran soldados ni formaban parte de un objetivo militar.
Fuente: Wagingpeace, Ajzanier.
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