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Hana bi, de Takeshi Kitano

Hana bi (1997) Fue traducida como Fuegos artificiales en español, pero por separado Hana (flor), y Fuego (bi), cobra otro sentido. Ambos sentidos están presentes. Están los fuegos artificiales, y está también la flor del cerezo, que cae, mostrando el wabi-sabi de la sensibilidad japonesa, esa disposición del sujeto a apreciar algo que se termina, que es efímero. Y el fuego. El fuego primero está en las balas, porque el protagonista es un policía que debe enfrentarse con los yakuza, con quienes tiene deudas, pero también, el fuego es efímero y se termina, el fuego es un espectáculo para los ojos que dura un instante. El fuego derrite las balas.

El fuego. El fuego está dibujado en algunas pinturas que un compañero de este policía pinta, después de quedar lisiado. Pierde la movilidad de las piernas, lo abandona su mujer y su hija y entonces él pinta. Hace mitate, esa particular manera de mirar buscando en la forma algo diferente. Mitate, ver en la redondez de una cara, la forma de una flor, redonda. Darle a lo que se ve otro valor.

La primera vez que vi esta película no pude captar estos detalles tan sutiles porque la violencia de los filmes de Kitano se ponen por delante, si uno no está acostumbrado a verlo, si uno no entiende que esa violencia es un juego casi, una especie de telón de terciopelo, es el mismo telón que se usa en el teatro, puesto ahí para que algo no se vea en la primera mirada, para marcar algo. No hay ninguna otra cosa detrás del rojo de la violencia, por lo menos en esta película. Lo que importa es lo que está detrás, lo que se muestra apenas se corre el telón. Una mujer que está muriendo de leucemia (la esposa del policía, interpretado por Kitano). Ella no habla. Apenas se ríe. Juega con su marido. Son los últimos días de su vida. Pero no se muestra como algo dramático. Es una flor de cerezo cayendo. Y su esposo, retirado de la policía, se dedica a jugar con ella los últimos días de ella. Pero no aparenta estar muriéndose. Lo que aparenta es ser una adolescente jugando, en la playa, en la arena, en la nieve, jugando a las cartas, con cierta ingenuidad infantil, un aire infantil alarmante. Hilarante.

La esposa del policía se muere como la flor del cerezo y se vuelve infantil, pero no totalmente ingenua. Puede disfrutar del final. Juega. Otra vez wabi-sabi. Y algo que parece una paradoja, porque uno se pregunta, ¿cuándo realmente está en su esplendor la flor del cerezo? Lo primero que se piensa es que lo está cuando florece, cuando está en el árbol, cuando la vemos arriba, aferrada a las ramas. Pero pareciera que no es así. Acá, Kitano dice otra cosa. Kitano dice que esa mujer está en su esplendor en ese momento en que puede jugar y vive a pesar de saber que le queda poco tiempo de vida.

Arigato. Es la única palabra que pronuncia en toda la película. Se lo dice a su marido cuando, aparentemente, se separan.

Nota: Gracias a Mami Goda por hacer que vuelva a ver a Kitano y ahora lo disfrute más.

por: cynthia acuña matayoshi

Aguas tranquilas de Naomi Kawase

Futatsume no mado (Still the Water en inglés, Aguas tranquilas en español) es una película que tiene el espíritu de Okinawa. Fue filmada en la isla de Amami (en el archipiélago de Ryukyu) en Japón. Amami se encuentra al norte de Okinawa. Tiene ese aire de encanto, el sonido del sanshin, el estilo de vida.

Las imágenes me recordaron a Shara. Kawase retoma pero de una manera muy sutil todos los nudos de su cine en este filme: el padre, tatuajes, la muerte, el sexo, una bicicleta, el mar. También está la figura materna.

Sin embargo es una película diferente. Más cruda y, a la vez, más espiritual, en el sentido amplio del término. Quizás, en el sentido shintoísta. Porque la columna vertebral es el tránsito de una mujer de la vida a la muerte (o de la muerte a la vida).

Hay algunas escenas rojo sangre, como pasó en uno de sus documentales.

No voy a contar la película ni a detenerme en la trama porque creo que para eso está el trailer. Lo que destaco es que después de mucho tiempo de no ver una pelicula de ella, este filme no me defraudó. Más bien, creo que representa un punto de maduración de su cine. No hay temas nuevos. Pero las preguntas son otras. O quizás, las mismas preguntas están entrelazadas de un modo diferente, como si fueran las raíces y las ramas de ese árbol que también es protagonista de la historia. No me puedo olvidar: el viento, la copa de los árboles moviéndose con el viento.

Me gustó: la música del sanshin, la danza, las aguas que muy poco tienen de tranquilas.

No me gustó: las escenas del comienzo no son para gente muy impresionable.

Perro ladrando a la luna

El 22 de octubre Liliana Díaz MIndurry presenta su novela Perro ladrando a la luna, de Editorial Ruinas Circulares, a las 19.30 hs., en Carlos Calvo 2913, CABA. Entrevista Maria Lyda Canoso. Musica de José “Turco” Cadórniga.

Presento mi novela más querida (y misteriosa para mí), el viaje de una argentina a Barcelona, Madrid y París en la primavera-otoño del 2000, los recuerdos e incidentes raros que se suceden: un viaje iniciático. Se llama “Perro ladrando a la luna”, Editorial Ruinas Circulares.

“…pensaba eso, que estaba loca, si seguía soñando con eso, con esa luna que se iba afilando, yo estaba en una especie de agujero y subía y a medida que subía, la luna se afilaba más y más, como si me estuviera esperando desde hace años, siglos, para tragarme, y la luna era una puerta que se abría, con dientes pero ya era mi cuarto con la ventana entreabierta y la luna simple, ingenua, la brisa entrando por la ventana, el bastón del abuelo cerca como protegiendo, la fotografía de mamá en la pared, sólo era cuestión de volver al ajuste de cuentas, de organizar una realidad de agujeros, los ojos volvían a cerrarse y era una sensación blanda, un encantamiento, flotaba en el aire de la noche y subía, subía, otra vez la luna, no había forma de escapar, la luna jamás dejaría de esperarme, ese frío adentro de la cabeza me arrastré por lo oscuro hasta encontrar el botón de la gran lámpara, pero la electricidad estaba cortada, entonces seguí arrastrándome con apenas una gota amarilla sobre un fósforo y busqué una vela sin éxito. Oí una campana, estoy loca, pensé, loca igual que la tía abuela Herminia, cada vez que la ibamos a visitar me decía: oís las campanadas Lucy, y hablaba de algo raro como el fin del mundo y mamá movía la cabeza y me arrastraba del brazo y le decía: bueno, Herminia, nos vamos, vos sabés que estoy ocupada y Lucy tiene que hacer los deberes porque le han dado mucha tarea, viste lo que son las monjas, y yo: ya hice los deberes, tía, dónde están las campanas, qué campanas son, las de la iglesia, las de la escuela, la campanilla de mami para llamar a Gladys, y mamá que me tiraba del brazo, y tía Herminia: no, son las campanas de los ángeles que dicen que el mundo ha terminado y la luna vendrá a tragarse todas las cosas cómo podía oír una campana en plena madrugada, lo mejor que podía hacer era dormir y pensaba: mamá tiene razón, no hay que acostumbrarse al insomnio y menos a mi edad, no es bueno levantarse, dar vueltas, es bueno tratar de dormir, ella dice: no hagas lo que yo hago, Lucy, hay que acostumbrarse a dormir voy a acostarme, imaginar cualquier cosa, un avión, estoy en un avión, al lado de un hombre de pelo corto, el tipo no sé quién es, tiene olor a hierba seca, a llanura, lo tomo el brazo para sentirme segura, el hombre me muestra la luna del otro lado de la ventanilla, como si precisamente la luna, justamente la luna, fuera a salvarme con el fósforo encendido llegué a la habitación de David que dormía boca abajo, lo toqué apenas y dijo: qué pasa, y yo le dije: tengo otra vez pesadillas como la noche del cumpleaños de mamá, y él dijo: el sueño de la luna que se afila y tiene dientes, y yo le dije: sí, y él: vení a dormir aquí, Malahierba, te voy a proteger, y yo le dije: sí me acosté a su lado, me apreté junto a él, pero sentí algo desconocido, una radiación, como si el cuerpo de David pudiera producir dolor, un dolor antiguo, lejanísimo, y él: qué te pasa, quedate aquí, no te vayas, y yo: tengo miedo, y él: de qué tenés miedo, Malahierba y yo no supe qué decirle porque no había ninguna explicación, teníamos doce y trece años, no había ninguna explicación, le dije hay ruidos en la cocina y era cierto, apenas un sonido de pava tormentosa, ese vaivén de la cocina, dije: mamá está despierta otra vez, y él: dejala en paz y dormite, no vendrá la luna esta vez, y yo: sí vendrá, y él: la luna no es mala, y yo: la de mi sueño sí con las campanadas de tía Herminia, y él: mientras yo esté ninguna luna de ningún mundo tendrá dientes, conseguiremos un perro para que la muerda o para que la mire solamente y la luna tenga un gran susto, y deje de aparecer en tu sueño y apenas tocó mi cara, empecé a temblar, como si se me hubiera encendido el cuerpo y ese día le dije “Malasartes”, porque me acordaba de haber oído historias de brujería porque tocarme la cara resultaban malas artes, las peores artes, las ecuaciones peor hechas del mundo oímos pasos que se acercaban, la vimos era Ella tenía cara de iglesia, de cajón vacío en forma de iglesia, agitando la luna entre los dedos, Ella, tragaluces y vitrales en los ojos, Lucy, qué hacés aquí en la cama de tu hermano y él: Está asustada, no la molestes y Ella, cajón vacío en forma de iglesia: le hablo a Lucy, y él: y yo te contesto, tiene pesadillas, por qué no nos dejás en paz, y Ella, cajón vacío en forma de iglesia, tragaluces y vitrales en los ojos: Lucy, espero una respuesta, y yo: que te vayas a la mierda es la mejor respuesta entonces la bofetada, la mordedura de un perro, la cara que me aspiraba hacia infiernos en forma de embudos y David se levantó gritando: mamá, dejanos vivir en paz, realmente lo mejor es que te vayas a la mierda como dice Lucy y más lejos las campanadas de la tía abuela Herminia, la luna afilada más y más, la luna con dientes que mordía cada parte del cuerpo comer la merienda que ofrecen y no pensar, la boca del hombre parece una lastimadura.”
(Fragmento de “Perro ladrando a la luna”)

No se lo pierdan.