Archivos de la categoría Escrituras al margen

Festejo por la Toko 16

La presentación de la revista literaria Tokonoma 16, ayer en Eterna Cadencia, fue una fiesta. Fue tan esperada la revista, que los colaboradores la empezamos a leer parados o en las mesas. Como dijo Amalia Sato en su presentación, esta edición tiene algo diferente. Despertó en muchos de nosotros, cuentos, poemas, recuerdos. Lo que dispara la fotografía. Pero además, lo que despierta Japón.

Amalia adelantó que algunos habían elegido la misma foto. Pero no reveló el secreto. En la contratapa figuran las fotografías y quiénes la eligieron. Y allí está, el maniquí sin rostro, elegido por mí y por Victoria Lescano y Marcelo Higa.

Sigue leyendo Festejo por la Toko 16

La tormenta de arena

La figura de las tormentas -y particularmente, la de la tormenta de arena– me parece más que interesante. En la literatura japonesa, pero también en el cine japonés, abundan las tormentas.

Recuerdo la impresión que me causó la tormenta de Rashomon, de Akira Kurosawa. La imagen de desolación de esa entrada y todo lo que la tormenta trae (o anuncia): algo se pierde, se termina, se va con ella. Quizás la decadencia de una época. En Kurosawa, la tormenta es como un fetiche, siempre está allí, es un modo de decir, un lenguaje, un tópico mudo.

Fui encontrando a otros escritores que trabajan con esas figuras. Por supuesto, uno es Murakami. Escribí ya sobre Kafka y su tormenta de arena. Es algo que comencé a trabajar y luego lo fui dejando. Y ahora vuelvo ahí. En Kafka, la tormenta de arena es la figura del destino. El destino como aquello ligado al azar.

Imposible no conectarlo con La mujer de la arena, de Kobo Abe. Precisamente ahora, estoy leyendo a Abe y pensando en esta figura de la arena en su novela.

“Arena: conjunto de partículas que proviene de la disgregación de los fragmentos de roca. Suele incluir calamita, estaño y raramente polvo de oro. Diámetro: de 2 a 1/16 mm.” (Abe, 1998: 19)

“(…) parece extraño que la arena sea arena donde se halle, y que no exista diferencia considerable entre el tamaño de los granos, así provengan de la playa de Enoshima o del desierto de Gobi; todos siguen una curva gaussiana de distribución de aproximadamente 1/8 mm.” (Abe, 1998: 20)

¿Qué significa la arena en la novela de Abe?

Parece ser la figura de la disgregación, de la desintegración, una masa con vida propia que todo lo destruye…

“Desde el momento en que hay vientos y corrientes de agua sobre la tierra, resulta inevitable la formación de la arena. Mientras los vientos soplen, los ríos corran y los mares se agiten, nacerá grano por grano la arena de la tierra, y como un ser viviente, se esparcirá por doquier. La arena nunca descansa. Silenciosa pero certeramente, invade y destruye la superficie del planeta…

Esta imagen de la arena que fluye constituyó un indescriptible y excitante impacto en el hombre. La aridez de la arena no se debe, como generalmente se piensa, a la simple sequedad, sino que parece producirse como consecuencia de un incesante movimiento que la convierte en inhóspita para todo ser viviente. ¡Qué diferencia con la monótona y pesada manera de vivir de los humanos, que exige estar constantemente aferrado a algo!” (Abe, 1998: 20)

Kobo Abe: La mujer de la arena, Madrid, Siruela, 1998 (traducción de Kazuya Sakai)

Nota sobre la tormenta en Kafka en la orilla

El silencio de Shun

I

La imagen me recuerda la película Shara, de Naomi Kawase. Ese lugar en el que dos niños juegan a aparecer y desaparecer.

En la primera escena vemos una habitación oscura, llena de máquinas. ¿A qué espacio corresponde esta habitación? ¿Se trata de una imprenta? No lo sabemos, parece el interior de un cuerpo. Las máquinas emulan el funcionamiento del cuerpo, con sus ritmos, sus regularidades, su silencio. Es un espacio inaccesible, no imaginario, descarnado. La directora nos lleva a habitar por unos minutos esa interioridad. La cámara recorre todos los rincones de esa habitación oscura, que lentamente se aclara y deja pasar la luz del sol.

De a poco escuchamos el sonido del agua, de sustancias que pueden percibirse sólo afinando el oído, dejando que el silencio se manifieste. Percibimos un ritmo muy suave casi imperceptible que va haciéndose cada vez más intenso. Son golpes, pero ¿a qué acción corresponde ese sonido? Parece un sonido metálico, un golpe constante. Hay también sonidos exteriores, provenientes del jardín. Es que el exterior se muestra allí a través del cristal de una ventana que refleja la imagen de dos niños jugando, dos niños que están en otro lugar aunque habitados por ese espacio.

Ese espacio no tiene temporalidad. Es como un vagón que perdió el rumbo y está ahí, para siempre.

Como un cuerpo vivo, vemos los bordes a través de esa ventana en la que se confunden exterior e interior.

Son dos hermanos gemelos, Kei y Shun. Juegan en el jardín, parecen estar limpiándose manchas de tinta en el cuerpo. Toda la escena posee el sentimiento de un sueño, la luminosidad de una escena onírica. El brillo de algo soñado, algo de lo que no se puede afirmar si ha ocurrido o no. Pero está allí, tiene voz. No importa si ocurrió. Se trata de una escena que va a ser una marca en el futuro. O mejor, la imagen de los dos niños jugando ya es el recuerdo de la escena. ¿Quién recuerda? ¿La directora? ¿El espectador?

Dos niños juegan el jardín, uno de ellos se levanta, llama a su hermano y comienza a correr. El hermano lo sigue. Lo que ocurre en ese instante es que todo se inunda de luz y se vuelve onírico como un deja vu. Y se escucha un ritmo. Golpecitos metálicos. Y algo se acelera en la imagen.

El juego es este: aparecer y desaparecer, meterse en las callecitas angostas de la ciudad de Nara y salir. La cámara corre tras ellos, intentando alcanzarlos. Nos lleva a correr detrás de sus espaldas, a jugar por los pasadizos de la ciudad hasta que Kei, el hermano mayor, desaparece. El juego se interrumpe abruptamente. Shun se detiene, mira hacia todos lados, no hay nada.

El silencio del viento y el vacío de palabras, invaden el rostro de Shun.

II

El silencio de Shun (que es el de Kawase) es el punctum de la escena. La directora construye sus filmes desde allí, desde el vacío. Un vacío que no es olvido sino agujero. Los límites de ficción y realidad son difusos, hay una realidad construida en la ficción.

III.

El viento es el cuerpo de los fantasmas.

Los fantasmas viven en el viento.

Se trata de una especie de mito, de mitología imaginaria construida en torno del cine y la literatura y por qué no de la vida real. Algunos espíritus despiertan con la lluvia: danzan, se desplazan, rugen, cantan, lloran y nos arrastran al otro lado, allí donde la tormenta nace.

Las tormentas despiertan no sólo a los espíritus que han amado el vacío sino también reavivan las almas de los hombres y mujeres apasionados. Por eso, cuando el día es gris o se desata una lluvia intensa, el corazón late a otro ritmo. Es la señal del pequeño tránsito imperceptible entre este mundo y otros tantos que nos habitan.