El hombre de al lado

Excelente película argentina dirigida por Mariano Cohn y Gastón Duprat. Absolutamente recomendable. Tiene muy buenas actuaciones y una excelente dirección. En una primera lectura, el tema es un tema clásico: el doble. Es decir, el otro, el espejo de sí mismo, que encarna lo despreciado de sí, lo más extraño y, a la vez, más cercano y por eso angustiante. Y a pesar de ser un tema clásico, está realizada de un modo original, inesperado. Construye climas plenos de suspenso e intriga. Cada uno de los personajes deben ser construidos por el espectador, no están dados de antemano ni anticipados. No hay obviedades. La relación entre ambos, Leonardo y Victor es atrapante.

La película tiene destellos de ironía interesantes. Y -punto más valioso y virtuoso del filme- la construcción psicológica de los personajes es casi perfecta. Es, sin duda, un filme que explora profundamente las raíces de la psicología humana.


Disparar sin disparo – Kihachiro Kawamoto

“Para disparar sin disparo”, así se llama el corto de Kihachiro Kawamoto, realizado con figuras de arcilla. Lo vi hace mucho y lo volvi a encontrar en Youtube. Realmente muy bueno.

Es la historia de un joven arquero, Ji Chang, que quiere convertirse en el mejor arquero del mundo. Busca la ayuda de un arquero consagrado, Fei Wei, que puede disparar las hojas de sauce fuera de los árboles. Este maestro entrenará a Ji Chang pero no precisamente a través de la transmisión de contenidos o de la adquisición de destrezas especiales tales como apuntar al blanco, manejar el pulso, etc. sino que lo que hace es derribar cada uno de los sentidos que sostiene su discípulo. Llevarlo a los límites de su propio saber. Ahí donde el aprendiz cree que sabe, que alcanzó un saber, el maestro le muestra la inconsistencia de ese saber en el sentido de romper con el ideal: ser un arquero famoso y admirado por su puntería, etc. Pero también -y este es el aspecto más interesante- lo precipita a una experiencia nueva respecto de su cuerpo.
Lo primero que le pide el maestro a Ji Chang es que aprenda a dormir sin parpadear. Luego de dos años, cuando el aprendiz logra dormir con los ojos abiertos, el maestro le dice que aprenda a ver algo en su mano, algo casi invisible. El arquero no logra verlo. Entonces se sienta frente a la ventana y, a través de ella, mira cosas diminutas: una pulga, bichitos casi imperceptibles, pájaros. Luego de tres años, forma sus ojos para ver detalles pequeños (insectos, movimientos sutiles, telarañas invisibles a la vista). A partir de entonces, el discípulo comienza a aprender del maestro, al punto que el maestro le regala su arco, le dice que de él ya aprendió todo.


Moe no suzaku, postal de la infancia.

Moe no suzaku (1997) es seguramente una de las películas más bellas de Naomí Kawase. Es una postal de la infancia. Como esa foto en blanco y negro que guardamos celosamente en una caja de recuerdos (de papel, ya gastada por el tiempo, fuera de foco, borrosa pero cargada de recuerdos vivos, de olores, de brillo, de voces). No es la foto que se mira todos los días sino aquella que verán nuestros hijos o nuestros nietos sin saber todo lo que allí se guardaba. Es la imagen que miramos sólo de vez en cuando -porque sería doloroso referirse siempre a ella-.

Al igual que nuestra fotografía preferida, el filme se abre para mostrar qué pasaba con los lazos familiares, cómo se sentían ciertos instantes y cómo fue esa imagen fotografiada. Es eso. Un viaje a través de la infancia. Un Elogio, incluso, de la infancia perdida. Y sin embargo, no es inocente.


Ni de Eva ni de Adán – Amélie Nothomb


Hay libros que se leen sin respiro. Como besos, libros que se devoran. Es el caso de este libro de Amélie Nothomb, Ni de Eva ni de Adán. Allí Nothomb despliega su historia de amor con Rinri, un jóven japonés a quien ella le enseñaba francés a los veintiún años.

“Me pareció que enseñar francés sería el método más eficaz para aprender japonés”.

Apenas leí ese comienzo me atrapó. Para aquellos que nos sentimos tan atraidos por el francés como Rinri, la invitación es tentadora. Y lo es porque explora muy bien el encuentro no sólo de dos seres que se quieren, sino también de dos lenguas, de dos culturas. El encuentro es un excelente retrato del malentendido, del principio al fin. Es una exploración delicada e inteligente de la lengua francesa y de la lengua japonesa. Y del esfuerzo, de la aventura de dos personas que aman la lengua del otro, que realmente se admiran y se gustan en y por su lenguaje. No se puede amar por fuera de la lengua. Este es el aspecto más interesante del libro.


Nanayo, de Naomi Kawase

Nanayo (Nanayomachi, 2008) es la última película de Naomí Kawase. La directora de Shara, retoma el clima íntimo que la caracteriza y construye una película cálida e inteligente. Saiko, una chica japonesa viaja a Tailandia y llega -a causa de un malentendido- a una casa de masajes en medio de una selva. Le queda al espectador suponer, tratar de comprender, tejer la trama que la directora deja, sin ingenuidad, desanudada.


Rebelión en las puertas del clan

Jôi-uchi: Hairyô tsuma shimatsu (Rebelión -1967) es, en mi opinión, una de las mejores películas de Masaki Kobayashi. Amo a este director. Plantea cuestionamientos brutales y las resoluciones siempre son conflictivas para el espectador. Todo lo contrario de lo que encuentro en otro director “clásico” admirable, Akira Kurosawa. En este sentido, veo a Kobayashi como el aguijón del cine japonés de posguerra.

Ambientada en el Japón del Shogunato (1725), Rebelión refleja la problemática de un samurai que debe decidir entre el amor por una mujer o la obediencia al Daimyo. Esto hace que deba enfrentarse -con el apoyo incondicional de su padre- a la sólida estructura del clan Aizu. Toshiro Mifune representa al padre y prácticamente protagoniza la historia. Su papel es bastante curioso: se trata de un samurai de prestigio que siempre siguió las reglas, que obedeció ciegamente a su mujer durante veinte años. Y, sin embargo…