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Hierro 3 – Kim Ki Duk

Hierro 3 (Kim Ki Duk, 2004) es la historia de un joven que busca casas vacías para pasar la noche. Lo hace colgando folletos en las puertas y observando si estos son o no retirados… Tae-suk no es un ladrón, no ocasiona daños, solamente ocupa el espacio deshabitado por los otros y deja por ello un pago: arreglar los artefactos rotos, lavar la ropa sucia… deja la marca de su presencia.

¿Por qué lo hace? No hay razón ni motivación. Como en otras películas de Kim Ki Duk, la motivación de los actos de los personajes no se revela. Incluso el asesinato no tiene sentido.

Hierro 3 es el nombre de un palo de golf que se convierte en una extensión de su propio cuerpo, el vehiculo de la violencia. El tema del cuerpo es un punto recurrente en las películas de este director. En este caso, se desarrolla a través de innumerables referencias a la fotografía: el cuerpo de la chica fotografiado de muchas maneras, las fotos que ambos se sacan teniendo como fondo… otras fotos.

Pero es en los últimos treinta minutos cuando el nudo del filme se desata: cuando el personaje logra volverse inmaterial. El se transforma en una sombra, un fantasma (la ilusión de un cuerpo sin materia, que sólo puede ver la chica que ama).

Kim Ki Duk es un director que siempre desconcierta. Es un cine para ver y oir pero no para comprender o interpretar. Ningún sentido explicito, ausencia de diálogos y música de Medio Oriente (Natacha Atlas).

Esta nota ya fue publicada en Uchina el 28/10/2008.

Imagen: http://lectorbajito.wordpress.com

El Tiempo – Kim Ki Duk

El tiempo  (Shi gan/Time, Corea del Sur-Japón/2006; hablada en coreano). Dirección: Kim Ki-Duk.

Una película que se llama Tiempo pero que trata sobre el amor y sobre el cuerpo. Una pareja que lleva dos años de novios comienza a tener problemas porque ella no soporta que su novio mire a otras mujeres. En realidad, lo que es insoportable para ella es que él no la mire constantemente sólo a ella. Algo imposible, como diría Amélie Nothomb, la mirada siempre implica un rechazo, cuando se mira a cierto lugar, se decide no mirar a otro. La mirada, entonces, es siempre parcial, nunca es completa, no lo abarca todo. Esto a la chica la enloquece. Todo comienza así, con la sospecha de que él va a cansarse de ella, o mejor, de su rostro. A partir de esa sospecha decide cambiarse el rostro, operarse. Pero no para ser más bella sino para ser otra. Como si todo su ser descansara en sus rasgos físicos. Como si su yo pudiese equipararse a la imagen que le devuelve el espejo.

Time aborda el problema de la identidad, quizás llevando al extremo la idea de que la identidad está sostenida en pequeños retazos de ser: el calor de las manos, una manera de reir, la letra, la escritura.

Ella se cambia el rostro y el nombre. Quiere ser desconocida para su (¿ex?) novio. Aquí se juega con ese aspecto tan complejo del reconocimiento (si él la elige de nuevo, está traicionando a su antiguo amor; si no la elige… el rechazo es insoportable). La falta de ser es atroz. Cuando esto se pone de manifiesto, la película se hunde en un desarrollo enloquecido en torno del rechazo del otro, de la desesperación, de la locura.

La fotografía es la gran protagonista del filme, como lo es en otras películas de Kim Ki Duk. Pero nunca tan bien utilizado dicho recurso… ¡La foto es una detención del tiempo! Barthes en La cámara lúcida lo expresa muy bien y ese desarrollo está perfectamente vinculado a lo que el director trata aquí: la muerte es un modo de nombrar el tiempo. La foto cosifica un momento en tiempo pasado, muestra lo que fue, un instante al que ya no se puede volver. Exactamente a la inversa del amor, que puede producir la ilusión de la eternidad, la fotografía convoca el vacío de la muerte -cuando esa foto es vista, esa imagen es irrecuperable, está perdida-. Que el protagonista sea fotógrafo no es un detalle casual. Toda su habitación está empapelada de fotos de ella. Pero para él es un modo de recuperarla, de reencontrarla. No lo es para ella. No sólo no se encuentra, no se reconoce en las fotos sino que estas son la marca de una pérdida insoportable.

La foto se vuelve máscara. Su ser es una máscara. Una máscara con la que no se puede jugar porque absorbió a la persona que la porta. El director va hasta el final del callejón, para mostrar que no hay salida a la trampa de la imagen.

La estética de la película es muy buena: marcas de reloj, estatuas que detienen lo instantáneo del cuerpo, escaleras que conducen a una línea infinita…

La temporalidad no es el tiempo. O el tiempo no es uno; no es el decurso temporal que marca el reloj. El tiempo puede ser un instante que se vuelve eterno, un punto opaco en una fotografía, la ilusión compartida con el ser amado de ser los mismos (identidad de ser, de sentir), incluso sabiendo que existe la muerte.