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Bostezo

Nótese que los fantasmas no bostezan

Estoy hablando con alguien -con bastante interés- y mi interlocutor bosteza. Bosteza sin pudor y sin disimulo. Y el bostezo se instala entre nosotros, estirándose y tomando por asalto el rostro de mi interlocutor. A veces en silencio. Otras veces con un sonido mudo -el que hace la boca cuando se transforma en vehículo del vacío-. En esos instantes, tengo la impresión de que quien bosteza ya no es dueño de su rostro. De que su rostro fue tomado por otro, transformándose, deformándose en un gesto hueco.

Para mi sorpresa, mi interlocutor no hace nada por evitarlo. No se disculpa ni lo interrumpe. Ni siquiera se avergüenza.

A veces el bostezo va acompañado de un gesto: el de la mano que tapa la abertura de la boca. En ese caso, la mano es la parte conciente, racional, que intenta anular algo, aunque no sé bien qué.

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La mirada

 Je me voyais me voir… (“me veía verme”)

Mirarse y ser mirado es un juego bastante “común”. En cualquier espacio de la vida cotidiana se ve gente mirando, sin vergüenza a otros. Mujeres que miran. Hombres que miran. Incluso aunque estén en pareja, van de la mano y miran a los ojos de alguien que se cruza frente a ellos. Una situación bastante habitual en la vía pública o en espacios abiertos es sentir la mirada de alguien. Uno tiende a creer que la mirada no se siente pero no es así. Una mirada fija puede tener tanto peso como un llamado o una mano en el hombro o la respiración detrás de la oreja. Hace que uno se de vuelta. Puede incluso resultar molesto, invasivo. Quiero decir, una la mirada tiene cuerpo.

Quizás es por eso que cuando alguien no mira a los ojos se interprete vulgarmente como un modo de evadir la relación, con un sentido negativo. En una entrevista laboral probablemente esto sea interpretado como un signo de debilidad. Si es una situación entre dos personas que recién se conocen, de timidez, etc., etc. Si apelo a estos lugares comunes no es porque los comprenda sino porque los quiero pensar. Porque cuando alguien no me mira a los ojos tiendo a pensar que esa persona me evita, que se incomoda con mi presencia.

Lo mismo que la distancia física, la mirada habla del modo en que el otro me considera, considera la relación, se presenta frente a mí; más abierto o más cerrado. Cuando Michitaro Tada en Gestualidad japonesa analiza el modo de mirar de los japoneses o mejor: el modo de eludir la mirada –enfocar otra cosa, mirar hacia abajo, entornar los ojos- puedo entender hasta qué punto las diferencias culturales son infranqueables. Cada vez se me hace más evidente que la gestualidad no es una elección. También entiendo que hay toda una serie de situaciones en las que el malentendido no es sólo verbal. Hace años que se esto pero siempre vuelvo al mismo lugar, ¿por qué? Quiero decir, no es un descubrimiento nuevo que el cuerpo habla y que el lenguaje no es un fenómeno individual. Sin embargo, no puedo evitar cierta inquietud al hablar con alguien que no me mira a los ojos. Y en esa necesidad de mirar a los ojos (porque socialmente está mal visto no hacerlo) el cuerpo toma las posturas más extrañas. Se trata de mirar a cualquier precio.

Ahora bien, incluso en nuestra cultura el mirar fijo, el mirar con fuerza incomoda y despierta cierto sentimiento de desagrado. Alguien me dijo una vez que llevaba una cinta roja en la muñeca porque atraía demasiado las miradas y de esa manera evitaba la envidia. La mirada y la envidia tienen una relación estrecha. El llamado ‘mal de ojo’.

“Cuando uno piensa en la universalidad del mal de ojo, llama la atención que en ninguna parte halla la menor huella de un buen ojo, de un ojo que bendice. ¿Qué significa esto, sino que el ojo entraña la función mortal de estar dotado de por sí (…) de un poder separador?” (Lacan, seminario 11).

Envidiar viene de videre. Y es curioso que en francés envie es al avez envidia y antojos, deseos, ganas.

Es indudable que la mirada cumple un rol esencial en la constitución del narcisismo. El yo se constituye en espejo. Es la mirada del otro la que da entidad aun antes que cualquier otra cosa. También es cierto que esa constitución supone desde el inicio una escisión clara entre ver y mirar. La mirada (a diferencia de la vista) incluye lo pulsional y el deseo del otro. Por eso me gusta la idea de que la mirada tiene cuerpo. La vista es algo del orden de lo biológico pero la mirada es puramente humana, esencialmente pulsional. Puede haber mirada incluso con los ojos cerrados. Esto se practica mucho cuando se hacen artes marciales. Cerrar los ojos y caminar incluso allí donde la vista está apagada. Un ciego mira aunque no pueda ver. Quizás por eso me gusta el cuadro de Velázquez, Las meninas. Recuerdo lo que escirbí sobre la perspectiva descentrada en la pintura china (Ver: “Versiones del vacío”), allí ¿donde orientar la mirada? Una mirada descentrada, hacia los costados, ¿será un modo de ver? Lacan señala en el seminario 11 una frase del Evangelio:

“Tienen ojos para no ver. ¿Para no ver qué? Que las cosas los miran, precisamente”